—Firmada por el doctor Mendoza, ¿verdad? El mismo que Patricia invitó a cenar el jueves.
Patricia apretó la mandíbula.
—Está delirando.
Yo seguí junto a la camilla. Samuel me tomó la muñeca, no con fuerza, sino con miedo.
—Mi hija se llama Elena —dijo—. Vive en Boston. Su número está en mi teléfono. Patricia lo bloqueó, pero el código es 0417. Dígale que no firme nada. Dígale que la carta azul es real.
—Señor Varela, respire —le dije.
—La carta azul —repitió—. En la caja fuerte. Ella cree que no la encontré.
El doctor autorizó una dosis mínima para calmarlo, no para dormirlo profundamente. Patricia protestó. El abogado habló de demandas. La enfermera jefe llamó a seguridad porque la tensión ya no parecía médica, sino peligrosa.
Mientras esperábamos resultados, busqué el teléfono de Samuel entre sus pertenencias. Con permiso del doctor y bajo protocolo, llamamos a Elena Varela.
Contestó al cuarto tono.
—¿Papá?
Su voz se quebró antes de que dijéramos nada. Había estado intentando llamarlo todo el día.
Treinta minutos después, Elena llegó al hospital con el cabello recogido a medias, una maleta en la mano y el rostro pálido de quien ya venía temiendo lo peor.
Cuando vio a Patricia, no corrió a abrazarla.
Se detuvo.
—¿Qué le hiciste?
Patricia levantó la barbilla.
—Tu padre está enfermo. No empieces con tus fantasías.
Elena miró al doctor.
—Mi padre no tiene antecedentes psiquiátricos. Hace dos semanas me dijo que sospechaba que alguien estaba moviendo dinero de sus fundaciones. Después dejó de contestarme. Ayer recibí un correo extraño desde su cuenta diciendo que yo estaba fuera de la empresa.
El abogado tosió.
—Eso no es asunto médico.
—Lo será si lo drogaron para declararlo incapaz —respondió Elena.
El aire se volvió pesado.
Los resultados preliminares llegaron poco después. Había indicios claros de sustancias compatibles con intoxicación por escopolamina y otros sedantes. No era suficiente para acusar a nadie en ese instante, pero sí para cambiarlo todo.
Samuel Varela no estaba loco.
Estaba intoxicado.
El doctor Herrera ordenó suspender cualquier ingreso psiquiátrico y trasladarlo a observación con monitoreo. Patricia perdió el color del rostro.
—Esto es absurdo —dijo—. Él usa parches para viajar desde hace años.
—En su historial no aparece prescripción reciente —respondió el doctor.
—Porque lo compré yo —contestó ella demasiado rápido.
Nadie dijo nada.
Y a veces el silencio es más fuerte que una confesión.
Samuel empezó a mejorar lentamente con tratamiento y tiempo. Seguía débil, confundido por momentos, pero ya no gritaba. Elena se sentó a su lado y le tomó la mano. Él lloró cuando la reconoció del todo.
Un hombre como él, que había levantado edificios y empresas, lloró como cualquiera cuando entendió que su propia casa se había convertido en una trampa.
—Pensé que nadie iba a creerme —susurró.
Elena le besó los nudillos.
—Yo sí, papá.
Él giró la cabeza hacia mí.
—Ella también.