La primera vez que vi entrar a Samuel Varela por las puertas de urgencias, no pensé en su dinero.
Pensé en sus ojos.
Medía más de dos metros, quizá dos metros uno, y aun así parecía un niño perdido dentro del cuerpo de un gigante. Venía descalzo, con el pantalón de un traje caro empapado de lluvia, la camisa abierta en el cuello y las manos temblando como si acabara de escapar de un incendio. Dos guardias de seguridad intentaban sujetarlo por los brazos, pero él los arrastraba sin querer, no por violencia, sino por puro terror.
—¡No dejen entrar a mi esposa! —gritó con una voz grave que hizo callar a toda la sala—. ¡Me están envenenando! ¡Quieren quitarme todo!
Alguien susurró su nombre detrás de mí.
Samuel Varela.
El hombre de las torres de cristal, los hoteles frente al mar, las portadas de revistas de negocios. El multimillonario que siempre aparecía impecable, con mirada fría y traje a medida, ahora estaba frente a nosotros como un náufrago, mojado, confundido y señalando sombras que nadie más veía.
Yo llevaba apenas tres semanas como enfermera en urgencias del Hospital Santa Ángela. Todavía me temblaban las manos al canalizar una vía, todavía pedía permiso antes de tocar un carrito de medicamentos, todavía sentía que mi uniforme era más grande que mi experiencia.
El doctor Herrera salió del área de trauma con cara de cansancio.
—¿Qué tenemos?
—Varón, cincuenta y dos años, desorientado, paranoide, agresivo verbalmente —respondió una enfermera veterana—. Dice que lo persiguen.
Samuel me miró de pronto, directo a los ojos.
—Tú —dijo, como si me reconociera—. Tú no estás con ellos.
Sentí un escalofrío.
No porque creyera en sus palabras, sino porque había una súplica tan humana en su voz que me costó apartar la mirada.
—Señor Varela, está en el hospital —dije con calma—. Vamos a ayudarlo.
Él bajó la voz.
—Mi hija… llamen a mi hija. No a Patricia. No a mi esposa.
El doctor Herrera suspiró.
—Probable brote psicótico, intoxicación o episodio maníaco. Preparar sedación.
Samuel intentó levantarse de la camilla.
—¡No! ¡Si me duermen, ella firma los papeles! ¡No entienden!
Los guardias lo empujaron otra vez. Una señora en la sala de espera se persignó. Alguien grababa con el celular. Y en ese momento, mientras todos veían al gigante que gritaba, yo vi algo más pequeño.
Una marca.
Apenas visible detrás de su oreja izquierda, debajo del cabello mojado. Un círculo rojizo, perfecto, como la sombra que deja una etiqueta adhesiva arrancada con prisa.
Quise decir algo, pero me tragué las palabras. Era nueva. Nadie quería que una novata interrumpiera un procedimiento. Además, ¿qué podía significar una simple marca detrás de la oreja?
Pero cuando Samuel giró la cabeza, vi otra cosa: la piel irritada alrededor del círculo, y en el centro, un pequeño punto oscuro.
No parecía un golpe.
Parecía el rastro de un parche.
Y justo entonces, su esposa entró.
Patricia Varela apareció por las puertas automáticas con un abrigo blanco, tacones brillantes y una expresión cuidadosamente triste. Detrás de ella venía un hombre de traje gris cargando un portafolio.
—Samuel, amor mío —dijo ella, llevándose una mano al pecho—. Otra vez no…
Otra vez.
Esa palabra cayó en la sala como una sentencia.