Valeria estaba sentada con un vestido beige ajustado, una mano sobre el vientre que apenas se notaba. A su lado, doña Amalia, la madre de Mauricio, la miraba como si fuera la Virgen de Guadalupe bajada de un cuadro.
—Yo sé que es niño —decía orgullosa—. Lo soñé tres veces.
Renata le acomodó a Valeria un ramo de rosas blancas.
—Imagínate cuando nazca. Papá habría estado feliz de ver que el apellido Del Río sigue fuerte.
Mauricio permanecía junto al ventanal, contestando mensajes, tranquilo, casi victorioso. Ya no tenía esposa. Ya no tenía discusiones. Ya no tenía que llegar temprano a casa por tareas, fiebres o festivales escolares.
Él creía que había ganado.
Cuando la enfermera llamó a Valeria, Mauricio entró con ella al consultorio. Doña Amalia quiso pasar también, pero la detuvieron con una sonrisa profesional.
—Solo un acompañante, señora.
La puerta se cerró.
Adentro, Valeria se recostó. Mauricio tomó su mano.
—Relájate —le dijo—. En unos minutos todos van a estar brindando por nuestro hijo.
Valeria sonrió, pero sus labios temblaron.
El doctor Padilla comenzó el ultrasonido con calma. Movió el transductor sobre su abdomen mientras la imagen gris aparecía en la pantalla.
Al principio, todo parecía normal.
Hasta que el doctor guardó silencio.
Movió el aparato una vez.
Luego otra.
Luego frunció ligeramente el ceño.
Mauricio lo notó.
—¿Pasa algo?
El doctor no respondió de inmediato. Miró el expediente, volvió a mirar la pantalla y después presionó un botón en la pared.
—Por favor, que pase administración médica a la sala tres.
Valeria se puso pálida.
—¿Administración? ¿Por qué?
Mauricio apretó los dientes.
—Doctor, díganos qué está pasando.
El doctor Padilla apagó el sonido del monitor y habló con una voz demasiado serena.
—Necesito confirmar algunos datos. En el expediente se indicó que la concepción ocurrió hace aproximadamente nueve semanas.
Valeria asintió rápido.
—Sí. Nueve semanas.
El doctor la miró.
—Las mediciones no corresponden a esa fecha.
Mauricio soltó una risa nerviosa.
—Bueno, esas cosas pueden variar, ¿no?
—No tanto.
La puerta se abrió y entró una mujer de traje azul, acompañada por una enfermera. Afuera, doña Amalia y Renata ya estaban demasiado cerca para no escuchar.
—Según el desarrollo fetal —continuó el doctor—, este embarazo tiene al menos dieciséis semanas.
El silencio cayó como una piedra.
Mauricio soltó la mano de Valeria.
—Eso no puede ser.
Valeria no dijo nada.
—Dijiste que había pasado después del viaje a Cancún —susurró él.
Ella cerró los ojos.
—Mauricio, por favor…
—Dijiste que ese bebé era mío.
Doña Amalia empujó la puerta.
—¿Qué significa esto?
El doctor respiró hondo.
—Significa que la línea de tiempo presentada no sostiene la versión inicial.
Renata se llevó una mano a la boca.
—Valeria…
La amante perfecta comenzó a llorar. Ya no parecía elegante ni segura. Parecía una niña atrapada en una mentira demasiado grande.
—Yo tenía miedo —dijo—. Mauricio me prometió que iba a dejar a Isabel, pero tardaba demasiado. Yo pensé que si había un bebé…
Mauricio retrocedió como si le hubiera dado asco tocarla.
—¿Quién es el padre?
Valeria lloró más fuerte.