PARTE 1
—Si quieres llevarte a los niños, llévatelos. A mí me estorban para empezar mi nueva vida.
Mauricio del Río dijo eso cinco minutos después de firmar nuestro divorcio, como si hablara de muebles viejos y no de Emiliano y Sofía, nuestros hijos.
Yo estaba sentada frente al escritorio de caoba del licenciado, en un despacho elegante de Paseo de la Reforma, viendo cómo el hombre con quien dormí diez años contestaba el teléfono con una sonrisa que hacía años no me dedicaba.
—Mi amor, ya terminé —dijo, levantándose antes de que el abogado guardara los documentos—. Sí, alcanzo a llegar al ultrasonido. Hoy vamos a conocer al heredero.
El heredero.
No dijo “mi hijo”. No dijo “nuestro bebé”. Dijo heredero, como si la familia Del Río fuera una dinastía y no una casa llena de gente podrida por dentro.
Su hermana, Renata, sonrió desde la silla de al lado.
—Ay, por fin algo bueno después de tanto drama —murmuró.
Yo no contesté. Ya había llorado demasiado en silencio. Había llorado cuando descubrí los mensajes de Valeria, cuando Mauricio me juró que “solo era una amiga”, cuando su madre me dijo que una esposa inteligente aprende a no hacer preguntas.
Pero esa mañana no sentí abandono.
Sentí alivio.
Mauricio firmó una última hoja sin leerla. En ella aceptaba que yo tendría la custodia principal y autorización para viajar con los niños. Le urgía tanto correr a celebrar el embarazo de su amante que ni siquiera preguntó qué estaba firmando.
—¿Ya acabamos? —preguntó, mirando el reloj—. Mi familia me está esperando en la clínica.
El licenciado Carranza carraspeó.
—Señor Del Río, sería prudente revisar algunas cláusulas patrimoniales…
—Luego —lo interrumpió Mauricio—. No pienso pelear por departamentos ni cuentas. Que se quede con lo que quiera. Yo ya tengo otra vida.
Renata soltó una risa bajita.
—Y una mujer que sí le va a dar un hijo de verdad.
Sentí que algo se quebraba, pero no dentro de mí. Se quebró la última migaja de respeto que aún podía sentir por ellos.
Saqué de mi bolsa un juego de llaves y lo dejé sobre la mesa.
Mauricio sonrió.
—Al menos estás siendo razonable con el departamento.
Entonces saqué dos pasaportes mexicanos.
La sonrisa se le borró.
—¿Qué es eso?
—Los documentos de viaje de Emiliano y Sofía.
Renata se enderezó.
—¿Viaje a dónde?
Lo miré a los ojos por primera vez en toda la mañana.
—A Madrid. Nos vamos hoy.
Mauricio soltó una carcajada seca.
—¿Tú? ¿Con qué dinero, Isabel? Si ni para pagar este divorcio tenías.
—Eso ya no es asunto tuyo.
Su mandíbula se tensó.
—Son mis hijos.
—Hace tres minutos dijiste que te estorbaban.
El licenciado bajó la mirada. Renata se quedó muda. Mauricio abrió la boca, pero no encontró una frase que lo salvara de lo que él mismo acababa de decir.
Me puse de pie, tomé mi abrigo y caminé hacia la recepción. Emiliano estaba sentado en un sillón de piel, abrazando su mochila de dinosaurios. Sofía coloreaba una flor sin levantar la vista.
—¿Ya nos vamos, mamá? —preguntó ella.
—Sí, mi amor.
Al salir del edificio, una camioneta negra nos esperaba. El chofer bajó de inmediato.
—Señora Salazar, el licenciado Escalante pidió que la llevara directo al aeropuerto.
Mauricio salió detrás de mí.
—¿Escalante? ¿Quién demonios es Escalante?
No respondí. No valía la pena.
El chofer abrió la puerta y, antes de subir, volteé una última vez.
—Corre, Mauricio. No vayas a llegar tarde al futuro que tanto presumiste.
Renata susurró:
—Está fingiendo.
Pero yo había dejado de fingir semanas atrás.
Dentro de la camioneta, el chofer me entregó un sobre grueso.
—El licenciado dijo que debía verlo antes de abordar.
Lo abrí con las manos firmes.
Transferencias bancarias. Escrituras. Fotografías. Contratos de preventa en un desarrollo de lujo en Santa Fe.
Mauricio aparecía sonriendo junto a Valeria, firmando un penthouse que según él jamás habría podido pagar.
La cuenta marcada en amarillo me heló la sangre.
Dinero de nuestra sociedad conyugal.
Mientras yo recortaba gastos para las colegiaturas, él compraba una vida nueva con otra mujer.
Mi celular vibró.
Mensaje del licenciado Escalante:
“Están entrando a la clínica. Mantente tranquila. Sube al avión.”
Miré por la ventana. La Ciudad de México pasaba borrosa, enorme, indiferente.
En ese mismo momento, la familia Del Río caminaba hacia una sala privada para celebrar a Valeria y al bebé que creían suyo.
No sabían que una sola frase, dicha por un doctor, iba a dejarlos sin aire.
Nadie podía imaginar lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
La clínica privada en Polanco parecía más un hotel de cinco estrellas que un centro médico. Tenía mármol claro, sillones color crema, café servido en tazas pequeñas y recepcionistas que hablaban con una suavidad casi falsa.
A la familia Del Río le encantaban esos lugares. Ahí podían sentirse importantes.